lunes, 9 de diciembre de 2013

Claro de Luma

Debe de ser cierto eso de que los perros y sus amos se parecen: cuando Luma se sorprende, alza una oreja, una sola; cuando yo me sorprendo, alzo una ceja. Es que la genética es una ciencia exacta. Por eso, Luma también se parece a mi hijo: ninguno de los dos levanta la tapa del inodoro para mear. Y no es que la cachorra no pueda: cuando tiene sed, desdeña su cuenco con agua y corre al baño, se para sobre la taza, empuja la tapa con el hocico y bebe. Bebe mucho. Mucho. Y cinco minutos después, suelta todo lo que ha bebido en el piso de madera flotante (cada vez más flotante, gracias a eso). Joaquín, al menos, tiene mejor puntería. No perfecta, pero sí mejor: es que la de las meadas, a diferencia de la genética, no es una ciencia exacta.

Ya he comentado que la perrita, en las últimas semanas, aprendió a no destrozar la casa cada vez que se queda sola. Ahora se conforma con destrozar los tímpanos de los vecinos. Ladra y gime como si la Inquisición le estuviera buscando ardientemente el alma —para salvársela, claro está—, pero solo durante unos cinco o diez minutos: cuando bajo los dos pisos, atravieso el jardín del edificio, camino los noventa metros que me separan de la esquina y cruzo la avenida, dejo de oírla. ¿Quién dijo que la distancia es el olvido? No es el olvido: es el silencio. Viva la distancia.

Decía que Luma ya no destroza casi nada. Es que se puso muy selectiva. Por ejemplo, se dedica a triturar papel: periódicos, revistas viejas, cuadernos, rollos de cocina… Todo, menos libros. Quizás los guarde para una ocasión especial, el aniversario de su adopción o el día en que se resuelva el último teorema de Fermat. Entonces yo llegaré a casa y, en vez de encontrarla rodeada de trocitos minúsculos de papel higiénico, me la veré masticando el I Ching con el prólogo de Borges incluido (incluido entre los incisivos, quiero decir). Ese día lloraré. Pero, mientras tanto, sonrío beatíficamente y voy en busca de la aspiradora. «Al menos», me digo, «se le da por los documentos en papel y no por destruirme por el Word».

Otra cosa que ha masticado fue un par de sandalias. Es cierto que las había adquirido solo cinco días antes, pero había sido una compra impulsiva: no eran demasiado bonitas y Luma, con un sentido estético muy desarrollado y, sobre todo, con sus maxilares y media a hora a solas con ellas, me lo hizo saber.

Otro objeto de deseo son, para Luma, los bichos: moscas, mosquitos, arañas y cualquier cosa que vuele o se arrastre es motivo de una danza festiva de mi perra sobre el o la infeliz que la provocó. La cachorra, como insecticida, es más eficaz que el Raid, y huele bastante mejor —salvo cuando se moja—.

Mientras tanto, el Jota sigue contentísimo con su perrita, y su amor es muy correspondido. Curiosamente, Luma nunca rompe nada de él, aunque sus juguetes viven esparcidos por el cuarto y el contenido de la mochila jamás está contenido dentro. Será también por eso que al pibe se lo ve tan feliz. 

Son las dos de la mañana, y los dos duermen entrelazando patas y mejillas, hocico y brazos. Ya no importan los papeles rotos, el costo del nuevo par de sandalias, el suelo húmedo de pis: la vida es buena cuando dos, cuando tres, se quieren tanto.          


  

miércoles, 23 de octubre de 2013

Hacía falta una buena excusa para que yo retomara este blog. Las ganas no bastan nunca cuando el enemigo está adentro de la cabeza de uno, porque las manos que deberían teclear la historia esa que uno quisiera escribir tienen la estúpida, inveterada costumbre de obedecer a esa misma cabeza. ¿Y qué pueden hacer dos pobres manos, por más dedos que tengan, contra millones de neuronas ávidas de manducarse un buen plato de entusiasmo? En fin, que hacía falta una excusa, decía, y entonces adopté una. Se llama Luma y es así:




Sucede que, cuando aún vivíamos en España, prometí a Joaquín que tendríamos un cachorro. Y, como pasa con las ganas de escribir, también las ganas de un perrito se iban posponiendo. Primero fue por el futuro traslado a la Argentina; luego, porque no teníamos una casa propia. Más tarde, porque ya teníamos una casa propia… y había que amueblarla. Cuando por fin nos instalamos cómodos, vino aquello de «¿Traer un cachorrito justo ahora, para que nos arruine los muebles nuevos?» Entonces le propuse al niño que, en vez de un perro, nos resignásemos a adoptar un gatito, un hámster, una tortuga o tal vez con algo aún más tranquilo, como un gusano de seda. ¿Y por qué no un jarrón, para el caso?

Por algún motivo, Joaquín no estuvo de acuerdo, especialmente con lo del jarrón. Sin embargo, yo me resistía a la idea de complicarnos tan gratuitamente la vida —qué equivocada estaba: de gratuito, ¡un perro no tiene nada!—. El tiempo siguió pasando; mientras tanto, Joaquín me obligaba a ver cada capítulo de César Millán, me dejaba en la mesa de luz revistas sobre perros y me atosigaba con informaciones: «Antes de adoptar, hay que escoger muy bien la raza…» (¿De qué elección me habla, decía yo, si cada perro de los que suelen ofrecer en la Protectora tiene una célula de cada raza?), «Lo mejor es ir allí y dejar que los perros se acerquen a uno, observar que la energía de perro sea compatible con la de uno…» (¿qué energía de uno? Después de las clases, las correcciones, la tarea en la casa, el niño y el novio, mi energía se reduce a la que necesaria para bostezar). Joaquín también tenía propuestas menos juiciosas, como: «¿Y si, de momento, ya que no podemos tener perro, vamos comprando el collar?».

Por fin, con razonamientos impecables, lo convencí de que no podíamos, no po-dí-a-mos, de ningún modo, tener un perro. A lo sumo, un gatito.

El sábado pasado, tras la compra en el súper, pasamos por una plaza cercana para ver la feriecita artesanal que habían montado, sin saber que, junto a la verja, nos toparíamos con cinco mujeres, una más despeinada que la otra, portando un cartel escrito a mano («Asociación para la Adopción de Mascotas»), una jaula de gatitos y unos cuantos perros de edades, razas y olores indefinibles.

Joaquín pasó cerca de los gatos mirándolos de reojo y juntando coraje para pedirme uno mientras yo juntaba otro para desilusionarlo una vez más. Se ve que el coraje no abundaba por esa plaza, porque ninguno de los dos encontró suficiente: él no llegó a pedirme nada y yo la vi a ella.

Ahí estaba, en una jaula, sacando las patitas por entre las rejas para jugar con los chicos que se agachaban a mirarla. Entonces, haciendo un bollo con todos los consejos acerca de la cuestión y todos los argumentos en contra, mi corazón se enamoró de Luma. Ella todavía no se llamaba así, ni de ninguna otra manera, porque la habían encontrado en la calle el día anterior y se desconocía todo sobre la cachorra. Le calculaban unos cuatro meses.

Imposible describir el cambio en la mirada de Joaquín cuando le propuse adoptar a la cachorra. La sonrisa, en cambio, es fácil: ocupó la plaza de una esquina a la otra.

Ahora, tras cinco días de compartir hogar con Luma, puedo contarles algunas anécdotas. La parte tierna la imaginan, ¿no? Lengüetazos, nene durmiendo abrazado a perra, perra que salta de alegría a cada rato al vernos y todo eso. Vamos a lo otro, entonces.

El lunes sería el primer día en que Luma quedaría sola. Serían solo dos horas y media. La metí en la cocina, con agua fresca y nada frágil o peligroso a su alcance. Bien. A mi regreso, Luma me recibió con los esperables y espasmódicos movimientos de lengua y cola… y con el suelo de la cocina cubierto de: 1) pedazos de plástico 2) pedazos de cartón 3) pedazos de una carpeta de cuerina que estuvo hasta ayer apoyada encima del lavarropas y que hoy ya está en la basura 4) pedazos de caca 5) pedazos de otras materias de difícil clasificación. La cagué a ped… azos y me pasé las siguientes dos horas devolviendo a la cocina su aspecto natural y preguntándome cómo había hecho la perra para acceder a lo poco que yo había dejado sobre la mesada, a más de un metro y pico de altura.

Ayer, martes, decidí que había que probar otro sitio de la casa para cuando me ausentara, también por dos horas y media. Tenía que dar una clase de 9 a 11 hs., y la dejé en el baño grande, intentando que nada —excepto el mármol de la bañera y demás artefactos, que, deduje, resistirían sus mordidas— quedase a su alcance. Subí los frascos de shampú al ventanuco y plegué la cortina de la bañera sobre el caño, y me fui satisfecha de mi sagacidad a enseñar proposiciones adverbiales y subjetivemas a un chico de 15 años.

A las diez de la mañana, en medio de la clase, suena mi celular. Era el encargado de mi edificio, que me informaba que, de mi departamento, salía agua. El charco llegaba hasta el ascensor.

Entonces recordé la vez que, hace más o menos un mes, olvidé cerrar del todo el grifo del bidet antes de irme a dormir: como las cañerías están semiobstruidas por el material de obra y el piso está tan mal hecho que el agua no se desliza hacia la rejilla sino que corre por la juntura de la pared, nos despertamos a las cinco de la mañana con el agua cubriendo el departamento entero y más allá.

Con el alma en un puño, puteando por dentro a los constructores que se niegan a arreglar este y otros muchos desperfectos, temblando al pensar en la pobre cachorra chapoteando encerrada en el baño, seguí explicando los nexos subordinantes y relacionantes una hora más. Por suerte, el encargado, aunque no podía entrar a mi departamento, sí había conseguido cortar el agua desde afuera.

A las 11, llevé en un taxi mi taquicardia hasta casa. Afortunadamente, el agua había drenado a través de las paredes y no inundaba el baño. Además, casi toda la que quedaba había sido absorbida por la montaña de papel higiénico que cubría el piso, ya que, antes de irme, yo había olvidado sacar el rollo de su sitio y la perrita, astuta, se había percatado de ello.

Sin embargo, aparecían también unos trozos muy pequeños de algo parecido a cartón que no logré identificar. Fue recién al terminar de limpiar todo cuando me di cuenta del sitio del que provenían: el borde inferior de la puerta del baño mostraba un hueco espantoso, irregular pero indiscutiblemente producido por uñitas de perro.

Entonces entendí. La inundación anterior, de cuando olvidé el grifo abierto, había ablandado la madera. Luma no hizo más que profanar el cuerpo de un cadáver, el de mi puerta, que ahora luce un agujero de unos diez centímetros de alto y unos treinta de largo. Si la hubiese dejado un rato más, la cachorra habría podido salir del baño por sus propios medios. Menos mal que tiene medios, porque lo que es entero, no quedará nada en casa si sigo yendo a trabajar, me dije.

Hoy, por lo pronto, avisé al trabajo que no contasen conmigo por la mañana y Joaquín faltará al turno tarde de su colegio. Si algo se rompe, por favor, que no sea la monotonía.

(Continuará… si es que Luma no me mastica la netbook)

domingo, 7 de abril de 2013

viernes, 29 de marzo de 2013

Para y por Brato

Ayer me enteré —gracias al excelente blog de Miguel Wald algundiavuatenerunblo.blogspot— de que Nicolás Bratosevich, mi maestro, había muerto. 

Conocí a Brato en 1977 en el Instituto Superior del Profesorado, cuando yo tenía 19 años y, aunque al comienzo de las clases, en marzo, yo no lo sabía, dos meses después debería exiliarme. Él impartía una asignatura llamada «Composición», un nombre que evocaba cuadernos escritos con letra infantil que, indefectiblemente, contenían aquello de «Tema: La vaca». Aunque los futuros profesores de Lengua esperábamos de su parte una disertación teórica y el respectivo listado de lecturas obligatorias, como en el resto de materias, Brato abrió la clase con una pregunta que nos mantuvo debatiendo una hora y media: «¿Por qué la palabra ‘canasto’, tan común para nosotros, no aparece en el Diccionario de la Real Academia, donde sí figura la desconocida ‘canastro’, con el significado que los argentinos le atribuimos a la otra?».

Pronto vendría el primer ejercicio de escritura. Tampoco lo sabía yo en aquella época, pero se trataba de una consigna propia de un taller literario. Debíamos presentar un texto de ficción que mostrase un conflicto lingüístico, un malentendido, entre los personajes. Redacté el mío con pasión porque lo leería y lo comentaría Brato, con miedo porque lo leería y lo comentaría Brato, con esperanza porque lo leería y lo comentaría Brato. Y porque él sería el primer lector de uno de los cuentos que yo escribía, desde hacía un par de años, sin decírselo a nadie.

El día en que él nos haría la devolución sobre los textos presentados, me atreví a pedirle que comenzase por el mío. Le di algún motivo banal, supongo, aunque lo cierto era que yo ya sabía que, para la siguiente clase, yo ya me encontraría a diez mil kilómetros del Instituto. Brato aceptó, y lo que dijo acerca de mi texto de apenas dos folios alcanzó para que me decidiera a jugar a este juego cada vez más en serio.

Veinte años después, volví a rastrear la pista de Brato y me apunté en uno de sus talleres literarios, una continuación de lo que había sido para mí aquella clase.     

Publico ahora algo que escribí en aquellos días de 1997 pensando en él, en lo que sus palabras, su mirada, habían despertado en mí mucho tiempo atrás, algo que todavía vela y no está dispuesto a callarse.

Por Nicolás Bratosevich*

Corría el año 1997. Corría por el resto del planeta: en Argentina, en cambio, se arrastraba. Tenía que ir esquivando Falcon verdes y hombres con anteojos de sol en invierno, y el año tropezaba en cada esquina, enredados los pies con siluetas dibujadas en la vereda.

«Los años no están hechos para quedarse quietos», se decía el ’77. «Los viejos se lamentan porque volamos y los chicos quieren que el año lectivo pase rápido. Yo debo ser el único idiota que no sabe transcurrir».

En efecto, el tiempo parecía haber retrocedido. El siglo XII se enseñoreaba de las iglesias; el siglo I, de los cuarteles, y el Jurásico de las universidades, con dinosaurios recorriendo pasillos y salas de profesores. El año envejecía prematura y velozmente: en febrero era adulto y hacia abril ya parecía un anciano. Le dolían las coyunturas, su cuerpo estaba cubierto de llagas y lo consumía la anemia, a fuerza de misteriosas hemorragias en las calles de cada barrio de nuestro país. Lo habían ensordecido con proclamas militares y estaba casi ciego por el mandato de no mirar lo que veía. Se habituó a hablar lo menos posible: temía no llegar vivo al 31 de diciembre, dejando a varios de sus meses fuera de la historia.

Una mañana, el ’77 lamía la Avenida de Mayo, dándole la espalda al Congreso —tal como se le había ordenado—, cuando se detuvo a la altura de la calle San José. Sin preguntarse el motivo, atravesó el portón enrejado de uno de los edificios y, jadeando por el esfuerzo, subió un par de pisos por la escalera de mármol agrietado. Atraído por las voces, se acercó a una de las aulas. Un profesor de literatura proponía un ejercicio de composición a sus alumnos.

Circularon varias versiones sobre lo ocurrido aquel día. Hubo quien opinó que el año 1977 comenzó allí a tejer una historia. También se dijo que quiso atarse a un mástil para no enloquecer con la llamada de las voces. Otros aseguraron que, en ese instante, el chaleco de fuerza que lo asfixiaba comenzó a deshilacharse. 
Yo creo, sin embargo, que esa mañana el ’77 dejó adrede un hilo suelto entre los renglones de mis carpetas, un hilo que extendería su punta, esperando el tiempo que hiciera falta hasta que yo lo recogiera.

*Naturalmente, este texto no fue escrito por Brato. Sin embargo, de no haber sido por él, jamás habría existido, como muchos otros míos.

viernes, 22 de marzo de 2013

"El archivador apareció; el contenido, no"

SOCIEDAD Mordzinski, en la basura 'Le Monde' se deshizo del archivo completo del fotógrafo argentino, que pide explicaciones y ha puesto en marcha una campaña de apoyos 27 años de trabajo, 27 años de fotografías, de historias contadas con una cámara que ha paseado por medio mundo, o el mundo entero, con el objetivo fijo en fotografiar escritores. De París al Caribe, de Israel a Líbano, y también en Gijón, donde Mordzinski retrató a prácticamente todos los autores participantes en la Semana Negra y en el Salón del Libro Iberoamericano. Todo ese archivo ha desaparecido. Lo ha denunciado el propio Daniel Mordzinski y ha acusado directamente a los responsables del diario 'Le Monde'. Cuenta el fotógrafo argentino que en sus dependencias guardaba su archivo por mor del acuerdo entre el diario parisino y 'El País'. Allí tenía una pequeña oficina, que, según denuncia, sin previo aviso, ha sido desmantelada. El archivador en el que guardaba su obra ha aparecido. El contenido, no. Morzinski, colaborador habitual de EL COMERCIO en sus estancias asturianas, donde ha publicado durante años su propia sección con una fotografía diaria durante el salón del libro que dirigía Luis Sepulveda, ha pedido explicaciones y también la colaboración con una recogida de firmas de adhesión en su dirección de correo (dmordzinski@free.fr). Fuente: http://www.elcomercio.es/v/20130322/sociedad/mordzinski-basura-20130322.html

jueves, 21 de marzo de 2013

DESTRUCCIÓN DE LAS FOTOS de DANIEL

Los invito a escuchar al fotógrafo y a otros amigos:

martes, 19 de marzo de 2013

Una de las mayores (des)vergüenzas de la prensa escrita

La que sigue es la carta de Daniel Mordzinski, amigo y uno de los mejores fotógrafos del mundo. Leéla, indignate y hacé algo más:


Queridas amigas y amigos,
créanme si les digo que no me queda más remedio que molestarles con esta historia... porque la historia lo merece y porque ustedes, queridos amigos, son los únicos que la pueden sostener. Acaso con su firma de apoyo, pero eso ya lo verán mejor que yo.
La indignación y la pena me devoran y me digo que treinta y cinco años de retratar las letras no merecen que me rinda ahora; y menos ante un hecho como el que les quiero, necesito relatarles:
Durante más de diez años utilicé, en virtud de la alianza entre El País y Le Monde un despacho en el séptimo piso de la redacción parisina del vespertino, donde guardaba miles de negativos y diapositivas originales, que hace unos díasdesaparecieron, así, sin más. Miguel Mora, el corresponsal de El País en Francia, llegó el 7 de marzo último a este despacho y se encontró con que lo habían vaciado totalmente sin avisarnos y que todas nuestras cosas habíandesaparecido. Nos pusimos a buscar y encontramos en un sótano el gran archivador --que yo mismo pinté de negro hace 10 años--. Nadie sabe ni quiere saber por qué decidieron "desaparecer" mi trabajo de toda la vida. Miles de fotos tomadas a lo largo de veintisiete años. Veintisiete años de esperas, nudos en la garganta, noches en vela, revelados angustiosos... Más allá de la injusticia y del absurdo, me encuentro con la gran paradoja de que Le Monde brinda sus mejores titulares -y estoy seguro de que con los más sinceros sentimientos- para defender la libertad de expresión en Asia, el respeto por las tradiciones cuando hay una guerra o una catástrofe en exóticos lugares como Afganistán, Bosnia o Mali, pero miles de fotografías, centenares de dossiers con la leyenda «Cortázar», «Israel» «Escritores latinoamericanos», «Semana Negra de Gijón», «Carrefour de littératures», «Saint Malo», «Mercedes Sosa», «Astor Piazzola» etc, no les dicen nada y tiran todo a la basura sin consultar nada a nadie.
Necesito vuestra ayuda, aunque no haya nada que recuperar me gustaría que al menos quede constancia de que lo sucedido en Le Monde es más que una negligencia: es un profundo desprecio por un trabajo que forma parte de la memoria de nuestra cultura contemporánea, al menos en la medida en que sus protagonistas son los escritores que le dan naturaleza y dignidad a nuestra lengua y a nuestro mundo.
Solo se han salvado las cientos de fotos que alguna vez digitalicé para libros o exposiciones, el resto desapareció para siempre.
De veras que me da pena molestarles pero sé que comprenderán mi dolor y mi desazón.
Un abrazo grande.
Daniel Mordzinski
París, 18 de marzo, 2013

martes, 29 de enero de 2013

Te me volviste lago de tintura
extendido sobre el mapa de mi día:
al sur, se puso rojo mi sudoku; 
amarillo, el este de tender la ropa;
el rato en el sofá se ha azulado al oeste
y, al norte, tu luz oscureció un poco más mi noche.
Sos dulce charco que crece sin fronteras
cubriendo mis afueras y mis dentros,
manchándolos de risa, de ternura.
Transformaste en vitral cada rincón del tiempo:
gracias a vos, no me conforma ya mirar la vida 
a través de la vida.


domingo, 15 de julio de 2012

La vida se me puso tan generosa últimamente
que incluso atonta al bicho aquel 
que suele preguntar 
cuánto me cobrará como intereses. 
Yo sé que el bicho no anda lejos 
y sé que, de los dos, yo moriré primero. 
Pero qué va a importar el porvenir, 
si se lo llama así porque no viene nunca.
Nunca, y menos hoy. 
Nunca, y menos a mover 
cuentas de un ábaco.
Nunca, y menos con la vida
regalándose tanto. 
   



sábado, 11 de febrero de 2012

Morfología, letra pequeña y paréntesis


Creer en el destino es una insensatez (como indica su morfología: des pref. priv.+ tino lex 'juicio'), que bien habría podido derivar como insensateza (y construirse con un alomorfo del sufijo -ez, –eza, como en tristeza), que parece antónimo de senzatez(a) pero tal vez esconda el prefijo in- 'interior a', con lo que dentro de la sensatez habría algo que se percibe de manera muy parecida a la tristeza, aunque todo esto sea un des(a)tino. 





Porque soy como el árbol talado que retoña, aún tengo la risa...

jueves, 20 de octubre de 2011

Recuerdos

Hay recuerdos que son como comidas congeladas: se cuentan en siete minutos, sin descongelar previamente, apenas retirados de su envase. Su relato nunca sale mal: basta apretar la tecla "Start" del microondas ("La mañana de mi primer parto, yo...") y esperar el timbrecito —la sonrisa del otro siempre suena a timbre—. Uno sabe exactamente cuánta sal agregar, y en qué sitios ("Justo en ese momento..."). Los granos de maíz se ven amarillos y gordos como promesas; las arvejas brillan una a una de puro verdes ("aquello me costó cien mil doscientos..."); el arroz nunca se pasa, y la anécdota incluso sabe razonablemente bien. El auditorio prueba una cucharada y asiente. Salvo que le sirvamos demasiado, come educadamente todo nuestro recuerdo y se limpia los labios con una servilleta.   

Pero hay recuerdos de otro tipo. Los que huelen a lodo a algas barco hundido barro en plantas de pies, a maleza a río a piedra y a madera, y emergen enredados entre anzuelos: jirones de recuerdo arrastrando otros jirones arrastrando otros jirones. No se sabe dónde empiezan ni cómo acabarán: escatiman fechas, cantidades, nombres. Nos sacuden la boca con gusto a mandarina, a orégano, a sal, a leche tibia de noche en un invierno. Por un rato se posan en los dedos, y no hay cómo narrarlos: tememos que el polvo de sus alas se nos quede en las yemas. Nos atan las entrañas con la fuerza de grúas nos agarran las tripas se acurrucan adentro se trepan hasta el pecho nos ahogan de asombro, gigante que despierta y se pone de pie para desperezarse. Irrumpen sucios como un recién nacido, olorosos a sangre y carne nuestra, pero laten tan fuerte que detienen el mundo: cualquier otro sonido se calla para oírlos: fragmentos de mirada, pedacitos de astillas y hojas secas, un olor a sótano, guitarra y bossa nova —solo seis escalones y no más de tres mesas—, el roce de una palma que quema sin dolor y para siempre.

No deberíamos llamar a todos los recuerdos por el mismo nombre. Los hay de microondas y de los otros. Los hay obedientes, que acuden a nosotros moviéndonos el rabo, después del postre y antes del café, para que los saquemos a pasear un rato. Y los hay otros, que vienen cuando quieren, sin permiso: hilachas que entretejen de nuevo aquel pasado y, con un solplo, lo alzan en el aire y lo ponen a andar. Son retazos de bordes desprolijos, que nos dejan hambrientos y temblando.   
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lunes, 29 de agosto de 2011

Regreso


Nuestro regreso a España desde Argentina fue angustiante, azaroso y, sobre todo, en cuotas.

El 24 de agosto, fecha marcada para la vuelta, tomamos un remise desde la casa de Caro para arribar a Ezeiza con algo parecido al alivio: por primera vez en la vida no corría peligro de perder un vuelo por llegar en el último minuto. Con lo que siguió, se demostraría que no solo la calma puede preceder a una tormenta. También puede precederla un viaje en remise desde lo de Caro.

Comenzamos el trámite para embarcar. La empleada revisa nuestra documentación, despacha una de las maletas, vuelve a revisar la documentación, se pone de pie, se aleja, habla con alguien, regresa. Por fin, me anuncia que no se nos permite abordar el vuelo. Mejor dicho, a mí sí, pero no a Joaquín, cuyo permiso de residencia está en trámite desde que a Extranjería no le da la gana remitirnos la resolución favorable (prácticamente automática en su condición de hijo de una residente regular). La empleada, primero, y la Gran Jefa de Tráfico de Aerolíneas Argentinas, después, nos explican que si no puedo acreditar que Joaquín tiene otorgado el permiso de residencia, no reside allí, en realidad. Y si no vive allí, tampoco puede visitar España sin un pasaje de regreso. Y que no sirve la sentencia que me otorga su guardia y custodia agregada a mi propio permiso de residencia; no sirve su tarjeta ciudadana de Gijón ni su certificado de escolaridad ni su acento asturiano, apenas morigerado por dos meses de estadía en Buenos Aires. "Según los papeles que usted aporta, este chico podría estar residiendo en China, señora", "Si es un ilegal, no podemos llevarlo", "No tiene permiso de residencia, así que no tiene residencia, señora, entiendaló"...

La Gran Jefa sugiere, entonces, que compremos en ese mismo acto (acto primero de aquella farsa) un pasaje de retorno para el Jota, cuyo importe nos devolverían casi íntegramente: Cagolíneas Argentinas tendría la gentileza de quedarse exclusivamente con una propinita de 150 euros. Eso, en caso de que consiguiéramos atravesar Barajas hacia el lado de adentro de España, porque en caso contrario ese pasaje serviría para deportar a Joaquín. Extraña perversidad, esta, que le hace pagar a la familia, y por anticipado, la eventual deportación de su niño.

Claro que si se le deniega a Joaquín la entrada a España, yo deberé acompañarlo de regreso a Buenos Aires: de otro modo y en tanto menor de edad, una vez aterrizado no lo autorizarían a salir de Ezeiza. Por un momento, imaginé a un chico viviendo y creciendo dentro de aviones Jumbo --haciendo deberes sobre la mesita retráctil, cenando carne de plástico cada noche, haciendo deporte: caminatas por pasillos de avión y mangas de aeropuertos--. El niño rebotaría, así, entre Barajas y Ezeiza, en una partida de ping pong que solo finalizaría a sus 18 años. Otra metáfora, una del divorcio conflictivo.

Vuelvo a la realidad, y me declaro dispuesta a abonar aquel segundo pasaje. Aunque, bien mirado --dice la Gran Jefa-- si, en el peor de los casos, yo debiera volver con Joaquín a Buenos Aires, necesitaría a mi vez un billete Barajas-Ezeiza, Ezeiza-Barajas, lo que no coincidiría con el del chico... Entonces se le ocurre otra alternativa: en vez de que volemos aquella noche, que retornemos a Buenos Aires, pasemos la noche allí y, a la mañana siguiente, que consultemos en el Consulado español (o consulemos en el Consultado español). Esta opción nos parece caída del cielo: a los funcionarios les bastaría apretar dos teclas en un ordenador, el de Extranjería o el del Ministerio del Interior, para aclarar el embrollo. Aceptamos agradecidos, recuperamos la maleta despachada, pagamos un nuevo remise en dirección contraria y, un vez más, viajamos una hora y media hasta la casa de Caro. (Humitas, tarta de calabaza y queso y helado nos esperan allí: mi hija sabe cómo endulzar las experiencias más amargas... La comida es excelente, exquisita, excelsa: no alcanzan las equis para describirla).

A la mañana, un empleado del Consulado, parapetado detrás de unas rejas, me dice que nanay, que no movería un dedo por mí, que si fui "ilegal a España llevando a un hijo ilegal" no tengo ahora derecho a nada. En síntesis, y traducido a palabras inteligibles, que me vaya a la Concepción de mi madre.

Tras aquella negativa, me resigno a comprar el pasaje de regreso para el Jota y a arriesgarnos en Barajas. Llamo entonces al call center de Putalíneas Argentinas para reprogramar los billetes que no usamos ayer, y una amable operadora me pregunta si prefiero viajar el 10 de setiembre por la mañana o por la tarde, ya que no disponen de plazas antes de esa fecha. Al solicitarle un segundito para infartarme en silencio, me corta la llamada. Media hora y otro llamado después, esta vez a la Gran Jefa de Tráfico (quien me pasa con el Gran Jefe de Ventas), obtengo mis pasajes para esta misma noche, 25 de agosto, y el de vuelta para el niño, abierto por tres meses (el pasaje, claro. El niño seguía cerrado).

Cuánta capacidad tienen las horas. No hay límite para la bronca y la angustia y la impotencia y la tristeza y la ansiedad y la incertidumbre que pueden contener. Ahorro la descripción de lo que contuvieron las doce que duró el vuelo: el sueño, ausente del todo, dejó espacio para todas ellas.

En Barajas, tras un vistazo a los papeles de Joaquín y otro al ordenador, además de una abúlica pregunta ("Es su hijo, ¿no?"), me indicaron que podía pasar. Todo el trámite demoró unos siete segundos.

Sin embargo, en la ventanilla de al lado, una preciosa argentina veinteañera de larguísimas piernas, piel bronceada y voz suave era conducida a una oficina delladodeallá por no contar con carta de invitación de ningún español. Ella tenía, como Joaquín, pasaje de vuelta a Buenos Aires, pero ¿cómo se le ocurría hacer turismo por España sin que la invitasen? ¿Con qué derecho quería conocer el país? ¿Qué se había creído? ¿Que bastaba un pasaporte? El aeropuerto de Barajas debe ser el único rincón de España no anoticiado de la crisis europea, de los años transcurridos desde el corralito argentino o de los cambios de nuestros gobiernos. Y, como es habitual en los no anoticiados, teme a fantasmas inexistentes mientras ignora a aquellos que sí le van a amargar la noche.  

Por nuestra parte --nunca sabré qué fue de la parte de aquella veinteañera-- la historia pasó de comedieta y peli de terror a thriller de acción: como en Barajas nos llevó tiempo anular el pasaje de retorno del Jota, debimos correr, jadeantes, a lo largo de dos líneas de metro para alcanzar el tren que iba a traernos a Gijón. Perdimos el tren por cinco minutos y debimos alquilar un coche. Manteniendo los ojos abiertos muy en contra de su voluntad, conduje hasta León, de camino entre Madrid y Asturias, a la casa de nuestra amiga Ana, donde pernoctamos. Este, junto con el mencionado recibimiento de Caro tras nuestra segunda llegada a Buenos Aires, constituyó el único capítulo agradable del viaje, aquel cuya lectura uno lamenta que acabe y al que desearía volver cada tanto.

Al día siguiente, ya dentro del coche alquilado, confirmé que las autovías españolas son geniales, excepto para girar en sentido inverso cuando uno se equivoca (otra metáfora, esta vez de la vida: cuando cometés un error jamás podés simplemente dar vuelta y retomar donde lo habías dejado). Me perdí, sí, y en lugar de llegar en hora y media a Asturias, me tomó tres aparecer por Galicia. Ojo: no tengo nada en contra de Galicia. Los paisajes son parecidos a los de Asturias, el pescado que se come allí es el mejor del mundo y para los porteños es un sitio tan familiar como la Avenida de Mayo. Su única falencia es no tenerme a mí empadronada en ella, algo de lo que no puedo culparla.

Llegamos a casa como a las once de la noche (de alguna noche, no me pregunten cuál). El piso estaba lleno de polvo y hollín porque quien lo cuidó en mi ausencia había decidido, dos meses atrás, que era mejor airearlo; algunas plantas se habían muerto de sequedad, otras por riego excesivo y otras a causa de la cochina cochinilla (ese blanco, pegajoso y prolífico parásito que tanto se encariña con ciertas macetas). Pero aparte de eso, gracias a Dios, la vida pasa felizmente si hay amor. Además, limpiar y poner orden son de lo mejorcito que se ha inventado para no recordar a cada rato que la familia nos queda de nuevo tan lejos.

No sé si contesto a la gentil pregunta que muchos de mis amigos y familiares me han hecho de: "¿Cómo llegaron?". Si no es así, y si se atreven, vuelvan a preguntar. O llamen a nuestro Centro de Atención al Cliente, que con gusto responderá a todas vuestras inquietudes, o al de cualquier aerolínea que ofrezca vuelos a España desde Argentina: no se les aquietará el espíritu, pero sí la carne, porque se la dejará atada a un asiento de avión, inmóvil, impotente, acopiando durante medio día la energía justa para no trastabillar cuando toque caminar hacia una ventanilla de la que uno se acordará para siempre.

(Otrosidigo: al cuerno la ventanilla. Ella queda aquí, en esta misma entrada del blog. Mi memoria se reserva el derecho de admisión, y escoge, en lugar de ella, a la pancita incipiente de la Caroleta, el abrazo de Mari, la risa de Carlos y Vivi, el aroma del café en Buenos Aires, el color de las pinturas de Xul Solar, el monumento a un sueco en Palermo, el empedrado de la Recoleta, las charlas con Virginia, el guiño reencontrado de mis compañera del secundario, la pizza con Adri, Dina y sus mimos, la música de Dos Acordes en el Konex, los libros de Corrientes y tanto, tantísimo más. ¿Quién necesita ventanillas, teniendo tanto detrás de los ojos para mirar una y otra vez?)    

viernes, 13 de mayo de 2011

TALLER ESTÍMULO CREATIVO

Amigos:
Por alguna razón, en el vídeo que colgué aquí no se leen los subtítulos en español. Les ruego que copien la dirección que dejo a continuación y la peguen en su barra de direcciones. Así podrán ver y entender algo que, sin duda, les resultará interesante:

http://youtu.be/wsvlhmdFulU

Un saludo cordial

Poema

Si me tentás es porque sos palabra que calla
antes de que el renglón acabe
y porque cada una de tus líneas, asomada
al borde del silencio,
se encarama,
se tensa,
abre los brazos,
salta.

jueves, 3 de junio de 2010

martes, 18 de mayo de 2010

Nulla dies sine linea

La mía, hoy, nace a tientas como todo cachorro
pero pronto encuentra huella:
tampocopodréhoy, dice. Y avanza. 
Entonces
              aunque
                       parece
                                circular
                  comonopudeayer                            
     sigue diciendo                       
enseguida cobra impulso y se
             escapa
                       recta
                               hacia el futuro:
                                                     ya me deja
                                                     una línea
                                                     más cerca de la muerte.

viernes, 19 de febrero de 2010

Pido gancho

Cuando jugamos, lo hacemos sin garantías. Ninguna garantía. Ni de que venceremos al contrario, ni de que conseguiremos armar el rompecabezas hasta la pieza final, ni de que no nos cansaremos antes de terminar de encolar el avión de madera balsa. Ni siquiera podemos estar seguros de que la pasaremos bien.  

Antes de empezar, nadie nos firma nada: jugar implica resignarse a no pedir garantías.

Muchos autores han analizado la relación entre el jugar y la creación artística —gracias, Winnicott, por tu inteligente Realidad y juego—.

Al escribir, también faltan garantías. Tal vez demos con aquella palabra que venimos buscando hace rato y tal vez no; quizás disfrutemos de la búsqueda, o la bronca porque no la cosa no sale será mayor que el poquito de placer. Puede que, al terminar de barnizar el avión, nos demos cuenta de que nos quedó espantoso... o corramos a mostrárselo a papá. Frente a una hoja en blanco, nunca habrá seguridades, salvo la de que no existen.

El germen de una idea, un folio aún vacío, una consigna del taller son piscinas. Jamás sabremos, antes de lanzarnos, si ahí abajo encontraremos agua. 

Entonces, nos quedan dos opciones: optar por una actividad menos incierta que la escritura (cada capítulo de "House", aún antes de encender la tele, promete una determinada inversión y un determinado monto de disfrute, y no hay letra pequeña). Eso, o convencer a Eldeadentro, de una puta vez, de que ninguna caída mala es capaz de dejar tetrapéjica a nuestra autoestima. Y si no se puede hacer de una puta vez, habrá que intentarlo en cada ocasión en que apretamos los dedos de los pies contra el borde azulejado y respiramos hondo. 


lunes, 25 de enero de 2010

Acróstico





Pulida letra de un gran rompecabezas
Incompleto; voz mineral y consonante, testigo de     
Epopeyas entre vetas de luna, sueño y montes.
Desnudo cae el grito horadando a la gota:   
Réplica quieta de la Tierra  
A las preguntas del hombre.





(Con timidez, después de tantos meses, vuelvo a asomarme a este balconcito...)

miércoles, 21 de octubre de 2009

Consigna del taller, última del 2010: Narradores



Como próxima consigna, les propongo contar una anécdota ocurrida en un banco.
La segunda condición: contarla desde dos narradores diferentes y paralelos, en secuencia. En el texto que resulte del ejercicio debe ser evidente que son dos los narradores, aun en el caso de que se utilice para ambos la misma persona gramatical.
La tercera condición: que el cuento resultante haga que no llueva y que retorne el calorcito.

Para la gente de la web, hay plazo hasta el 31 de octubre. 
Nota: la tercera condición no es indispensable, aunque sí apetecible.

lunes, 12 de octubre de 2009

Una fractalización, desde Israel

La canción, que me mandó una hermosa sobrina mía, habla del instituto de masajes de Sasha en el pasaje. El tema enamoró a mi hijo, quien no entiende una pepa de hebreo pero sí de risas y de caricias al oído, y que se dedicó a buscar en youtube versiones de "Majon hamasage shel Sasha au pasage" hasta que dio con esta:

Un sueño y una caída de ficha



Un tren avanza desde la estación. Yo camino a su lado por el andén, apurada por llegar hasta la puerta. A través de una de las ventanillas, distingo a mis hijas. Es sólo un momento: el tren acelera y las pierdo de vista. Corro hacia adelante, pero el tren es más veloz. Pasa a mi lado otra ventanilla; esta vez, hay desconocidos en el asiento, blandiendo folios escritos. Extiendo los brazos, corro más rápido. Todo en vano. Las ventanillas se suceden, mientras sigo corriendo por el andén, persiguiendo a un tren interminablemente inalcanzable.
Agotada por la carrera y compungida por lo que el sueño me cuenta sobre mi vida, me despierto.
Pero un rato después abro mi correo. Me espera allí un mensaje de miAna, que me manda una canción de Serrat —un hermoso tema, desconocido para mí— para que despierte "con música". Seguidito al de ella, un mail de miAnat trayéndome otra canción —¡fractalizada y en hebreo, y con título en francés! Una joya: "Sasha au pasage"—.
Dejarme abrazar por ambas canciones hace que me caiga la ficha: es cierto, la vida se nos pone a menudo de costado y nos obliga a correr tras la ilusión de dar abasto. Pero también es otra cosa.
La vida también está en un mismo tren donde viajan Ana y Anat, separados sus asientos sólo por una "t". No se conocen; una es española y la otra, israelí. Una nunca llevó caracolas de Gijón a León; la otra, jamás trajo té "Wisotzky" de Kfar Saba a Asturias. Sin embargo, se encuentran las dos, frente a frente, en un pasillo. Se miran, se sonríen (mucho, se sonríen), seguramente se tocan las manos, la cara, se dicen algo (o mucho), se despiden.
Aunque ellas no lo sepan nunca, sólo por haberse subido a este tren —no importa en qué estación ni con qué destino—, comparten un trayecto entre sí. Sin haberse visto nunca, y sin verse jamás, intercambian música y palabras y se muestran una a la otra figuritas de su álbum. En ese viaje, yo no las miro desde el andén, desesperada por no alcanzarlas. Ahora no estoy fuera, consultando el reloj sin dejar de correr hacia adelante. 
En este viaje yo soy el tren, soy yo el pasillo. Viajan en mí estas pasajeras, y el traqueteo de mis ruedas no les molesta (¡incluso dicen, a veces, disfrutar del ruido!). A mí me encanta atender a lo que en voz muy baja, una a la otra, se comentan y, sobre todo, cobijarlas.    

martes, 6 de octubre de 2009

Consigna del taller, 1º quincena de octubre: DESCRIPCIÓN II


Antes de las vacaciones, hablamos sobre la descripción, ¿recuerdan? Dijimos que describir —es decir, pintar ambientes, escenarios y personajes para que el lector los vea, los huela, los toque— constituye el alma de un relato, la piedra de toque que define su calidad. Para resultar eficaz, debía cumplir con algunas condiciones:
  • no incluir elementos que apunten a lo general, sino a lo específico y particular. Así, describir a un personaje como "alto y corpulento" sólo le permite al lector ver un tipo de silueta; en cambio, decir de él que tenía "un cuerpo de boxeador" hace que el lector vea a una persona. 
  • no construirse a partir de una mirada habitual sobre el objeto. El sol, cuando es "una bola de fuego en el cielo" o "un sol terrible" o similar, es el mismo que vemos a diario. En cambio, el sol de "Una mujer", de Juan Bosch, es un sol que cobra vida, que se transforma en un asesino sólo por la forma en que es descrito: "La carretera está muerta. Nadie ni nada la resucitará. Larga, infinitamente larga, ni en la piel gris se la ve vida. El sol la mató; el sol de acero, de tan candente al rojo, un rojo que se hizo blanco, y sigue ahí, sobre el lomo de la carretera.[...] De tarde el acero blanco se volvía rojo; entonces en los ojos de los hombres que desenterraban la carretera se agitaba una hoguera pequeñita, detrás de las pupilas. La muerta atravesaba sabanas y lomas y los vientos traían polvo sobre ella. Después aquel polvo murió también y se posó en la piel gris.[...] También hay bohíos, casi todos bajos y hechos con barro. Algunos están pintados de blanco y no se ven bajo el sol. Sólo se destaca el techo grueso, seco, ansioso de quemarse día a día. [...] El cauce de un río; las fauces secas de la tierra que tuvo agua mil años antes de hoy. Se resquebrajaba la planicie dorada bajo el pesado acero transparente." 
  • basarse en detalles vívidos, que apelen a los sentidos.
  • no incluir adjetivos "gaseosos", de esos que están llenos de aire: ocupan espacio pero no se ven. Que un personaje sea "atractivo", "hermoso", "horrible", "terrible", "extraño"... le dirá, al lector perspicaz, mucho más sobre la inexperiencia del autor que sobre ese personaje.  
Veamos ahora cómo sigue esta consigna. Pasen pa adentro, nomás, y  pónganse cómodos.

La idea es, entonces, traer, el martes que viene (*), no un relato, sino solamente una descripción. Puede ser de un objeto, de un personaje o de un paisaje; su extensión: entre tres y veinte líneas... para quedarse con las tres mejores líneas de las veinte.
A partir de la semana próxima, trabajaremos para que esa descripción extraiga de sí misma un relato. Pero atención: que nadie se apresure y se saltee etapas. No traigan cuentos ni siquiera esbozados; tampoco aprovechen algún recorte viejo: escriban una descripción a partir de los lineamientos expuestos ut supra (mi Dios, qué serio suena todo lo dicho en latín o con palabras con equis).

(*) Para los talleristas invitados a través de la web, el plazo vence el 15/10

lunes, 5 de octubre de 2009

Viñeta de El País de hoy, enviada por Mar


domingo, 4 de octubre de 2009

Gracias a tu canto, negra Sosa...



...nos sentimos, alguna vez, un poco menos solos, un poco menos lejos, un poco menos pocos.
Porque no te callaste, porque seguiste cantando, cigarra nuestra, después de que te mataron mal, gracias. Gracias a tu voz, negra, gracias por tu vida.   

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Después del paréntesis...


(un largo paréntesis: como de 3 mm, en fuente 12, Georgia. Un paréntesis curvo, como el pico de un cuervo; como una letra ce con ganas de tocar el renglón de arriba. Un paréntesis gemelar, como debe ser, porque ¿de qué me serviría un paréntesis hijo único, que no pueda mirarse al espejo, que no sepa invertirse, darle la espalda a la siguiente frase? Un paréntesis vacacional y vocacional, convocado a dormirse apoyando la frente sobre la última letra encerrada en su tripa)
Eso, bah. Que ya volví

Propuesta de taller (2ª quincena de setiembre)


Para empezar las clases, nada mejor que una buena fractalización.

Para empeñar las frases, cava mejor media atracción
Al despeñar, las haces: nada mejor un buen salmón
Que al despeinar, te cases: "Nádame, Jorge, buen pastor"
Desesperanzas claves: jornadas vuelan en una fracción

Otras fractalizaciones, estas de Fernando Montesdeoca:

Regadera
No bien me asomé a verla se desvaneció en el vapor de la regadera.
No bien me asomé a desvanecerla se regó vaporizada.
Bien: no me asomé a verla, pero se envaneció en la regadera a todo vapor.
Desvanecida atravesó el vapor en asomándome a verla ya bien regada.
Vaporosa en la regadera no: bien que me asomé a verla desvanecida.

Autobús
Tras el autobús venía tu nombre, siguiéndolo para decirle su ruta.
Tras el auto busqué tu nombre que venía diciendo su ruta para seguirla.
Tras venir te dije tu ruta y tu nombre seguido de un autobús.
Autobuses atrás tu nombre venía siguiéndome para decirme mi ruta.
Para decirme tu nombre venía siguiéndome un autobús tras mi ruta.

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Fractal es una figura o forma que se puede fragmentar en más figuras o formas que tienen la propiedad de similitud o propiedades de la forma de la cual partieron. Los fractales son estructuras que se ramifican; cada parte, por pequeña que sea, es una réplica exacta de la que forman todas juntas. Por esta virtud conservan cualidades semejantes
(Un señor, en Google)


Fractales son formas geométricas que se caracterizan por repetir un determinado patrón con ligeras y constantes variaciones […] Y sin explicación conocida, se inician diferenciaciones, creándose nuevas formas
(Otro señor, en Youtube)


Un fractal es un objeto semi geométrico cuya estructura básica, fragmentada o irregular, se repite a diferentes escalas
(Un tercer señor, que definió a los fractales y es portador de un excelente nombre y apellido para fractalizar, Benoit Mandelbrot: Noite del Brotbman; Libro del Mandeliot; Tibio Brote de la Manta; Brote verde, manda huevos…)


Consigna:
Se trata, esta vez, de escoger una oración (propia o ajena; la línea de un poema, etc.) y "fractalizarla". Plazo para las respuestas: 30 de setiembre.

A jugar, gente, que si no, el día se nos entristece, se cariacontece, se nos estremece, se nos desestriñe, celos y entremeses...

Ejercicios de minificción, por Fernando Montesdeoca


(extraído de El Cuento en Red)

El dinosaurio agotado
Cuando el dinosaurio despertó, después de que Lauro Zavala hizo el recuento de sus numerosas reediciones, de su aparición en antologías y en traducciones; después de que se generaron, no lo sé, tal vez cientos de páginas de estudios que rebasan con creces sus siete palabras originales; después de haber dado pie a diversas formas de recreación, continuación, poetización y demás; de ser citado, glosado y parodiado, entonces sí, con esta conciencia de su nueva situación existencial, el dinosaurio se sintió agotado al fin, y ya no estuvo más allí, donde alguien despertaba.

Sentido de suficiencia
No fue desdén, simplemente ya había sido dicho demasiado.

Sobredosis
Sucedió que se usó tantas veces la palabra o la idea o la imagen dinosaurio, que hubo una sobrepoblación repentina, especialmente cada que alguien lo soñaba, porque cuando despertaban, siempre, había ya un dinosaurio más.

El dinosaurio es un perro infernal

Inmediatamente después de que el dinosaurio estuvo allí, se salió a las calles: no se sorprendió, no pensó nada, hizo nada más lo que sabía hacer: arremetió a dentelladas contra todo lo que se movía. Harto de devorar seres humanos a pedazos y de estropearse la dentadura con la lámina de los camiones urbanos y los remolques de los trailers, decidió extinguirse (bueno, re-extinguirse), agotado ya de tanto exceso.

Clonación
Se repitió tantas veces en tan poco tiempo la palabra dinosaurio y en tantos lugares, que por fin se agotó, y no se conseguía por ninguna parte. Hubo que mandar imprimir nuevos diccionarios,e incluso listas.
Aún así, siguió agotado (de hecho se agotó aún más). Una consecuencia más de todo esto fue que ya no sólo se agotó, en el sentido de la cantidad, sino también en el de cansancio, de desgaste, y empezó a ya no entusiasmar a nadie, a ya no decirle nada a nadie, hasta quedar doble, y definitivamente, agotado.

Nostalgia
Agotado, el dinosaurio pidió a los viejos dioses del Olimpo: “Ni Scila ni Caribdis, por favor, sólo plácidos restos fósiles dispersos en el desierto de Nuevo México o en La Patagonia”.

Para quienes se quedaron con ganas de leer, el texto completo está en http://cuentoenred.xoc.uam.mx

Para quienes se quedaron con ganas de escribir, ¿qué tal otros ejercicios como estos, pero de la propia pluma?

sábado, 15 de agosto de 2009

Un hermoso dibujo de mi hijita Mari



Sin duda, el mundo es mejor gracias a ella
porque sabe mostrar cómo mirarlo
con unos pocos lápices, ojos inmensos
y la dulce quietud de su ternura.

jueves, 30 de julio de 2009


En la recámara ya no me quedan alas
y mi pólvora es polvo más olvido:
dibujos en la arena
guardados tras los párpados.
Será por esa arena que estos ojos arden:
los frotan los nudillos de mi historia.

miércoles, 29 de julio de 2009

Nuestro concurso, edición 2009


Me complace anunciar el III Certamen de Relatos Cortos Texto Sentido, cuyas bases se exponen a continuación:

1) Podrán participar todos los asistentes a mis talleres (en cualquier modalidad: tutoriales de novela o relato corto, individuales o grupales) ya sean actuales, pasados o futuros.

2) Quien así lo desee, podrá enviar UN ÚNICO RELATO de tema libre —y también de Cuba Libre, si lo necesita para inspirarse— y una extensión preferentemente fija. Es decir, que el cuento no se vaya estirando o acortando según se lo vaya leyendo.
Debe presentarse en fuente 12 (más o menos), a doble espacio (excepto si se tomó el Cuba Libre, en cuyo caso estará a un solo espacio, porque igual ya lo verá doble) y en cualquier formato de fuente, excepto la Fuente Taja, que se parece demasiado a un competidor del taller. (Más bases, clickee abajo)

3) El relato podrá ser de final abierto, cerrado o entrecerrado, feliz o amargo. Lo importante es que tenga fin, y eso por motivos meramente prácticos.

4) Deberá ser enviado desde una dirección anónima —es decir, generada a este efecto y no la que usan habitualmente— a mi dirección: gratexto@gmail.com, con fecha límite del 31 de agosto de 2009, agregando en el asunto: III CONCURSO TEXTO SENTIDO. Yo lo reenviaré a todos los participantes del certamen. Eso, si la que se tomó el Cuba Libre no fui yo, en cuyo caso no estaría en condiciones de reenviar nada. Nos interesa preservar el anonimato, por lo que pedimos que en el nick de la nueva dirección no aparezca nada que permita identificar al autor. Sin embargo, como a la hora de entregar el premio conviene saber a quién dárselo, se les pide que agreguen otro adjunto al mismo emilio, con la plica (título del cuento y nombre del autor)

5) El envío del relato al certamen incluirá necesariamente la participación en la votación, que se realizará el martes 8 de septiembre. Cada participante escogerá, de entre todos los relatos excluido el suyo propio, los tres que, a su juicio, resulten los más logrados, puntuándolos de la siguiente manera: 10 puntos para el mejor, cinco para el siguiente y tres para el tercero. Quienes hayan participado del concurso pero no asistan a los encuentros de los martes —o no puedan asistir ese día— deberán enviarme su votación por e.mail con fecha tope 7 de septiembre.

6) El premio será sorpresa. Pero adelanto que es de los que se compran en la FNAC y tendrá tapas, hojas impresas y, en una de esas, también dibujitos, no sé. Para hacerse acreedor a él, será requisito que se presenten al certamen, como mínimo, siete relatos. En caso contrario, el premio será declarado desierto (o llanura, o meseta, como quieran. Que no habrá premio, vamos, si los que se animan no suman al menos siete).

7) El fallo se dará a conocer, tras el respectivo recuento de votos, el mismo 8 de septiembre. Si el ganador es uno de los asistentes al taller de los martes, se enterará en el acto. Si no, se enterará a través de otro acto: el mío, de informarle por e.mail.

8) Para cualquier punto no aclarado en estas bases, se ruega consultar a través de un comentario a esta entrada, ya que la Comisión Organizadora del presente certamen se han levantado hoy con mucha pereza.

La descripción: observación y selección



«La descripción literaria y el inventario notarial: la falta de inventiva», por Julio Casares

El crítico literario Julio Casares hace aquí una descripción cómica de la hipérbole descriptiva en ciertas obras del autor «Azorín». La necesidad de dotes de síntesis a la par que de fantasía imaginativa se hace evidente para la creación de obras emocionantes y realistas.

Vamos a hablar ahora de algo que constituye el fondo de la literatura, de lo que distingue a los buenos escritores de los malos, de la «piedra de toque del talento», la descripción.
«Azorín», limitando el procedimiento a la pintura de la Naturaleza, dice que «lo que da la medida de un artista es su sentimiento de la naturaleza, del paisaje. Un escritor será, tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje: «Para mí, el paisaje es el más alto grado del arte literario».

Veamos, pues, según este criterio, cuáles son las dotes artísticas de Azorín, y comencemos a analizar desde ahora su personalidad y su fisonomía espiritual, como hemos analizado, hasta aquí, el aspecto técnico y material de su estilo. Para ello, y ciñéndonos al asunto de este capítulo, consideraremos al escritor colocado frente al mundo, en dos momentos del proceso descriptivo: el de observación y el de selección.

No todo el mundo puede observarlo todo. Guyau dice que nuestros ojos tienen luz propia y que sólo ven lo que iluminan con su misma claridad. Yo añadiría que esta luz que proyectan los ojos es un reflejo de nuestra Conciencia, y que es indispensable que armonice el estado de ánimo con el paisaje exterior para que surja la emoción de la naturaleza. Un espíritu apacible y resignado, que no haya padecido la violencia de los grandes conflictos interiores, no puede sentir el espectáculo de los elementos enfurecidos, no puede vivirlo, no puede identificarse con las borrascas, ni con las tormentas, ni con los huracanes. Un espíritu angustiado y pesimista pasará por el mundo sin entender ni interpretar la alegría del universo.
Ved a «Azorín» con la «preocupación por la corriente inexorable de las cosas», «esta idea —dice en las Confesiones— es la idea fundamental mi vida..., a ella le debo este ansia inexplicable, este apresuramiento por algo que no conozco, esta febrilidad, este desasosiego, esta preocupación tremenda y abrumadora por el interminable sucederse de las cosas a través de los tiempos.»

Pasa su juventud en el Levante luminoso y recorre por la Mancha una ruta consagrada por el más generoso idealista de todos los tiempos; va auscultando los pueblos de Castilla para sorprender los latidos de la raza; se recrea en los balnearios y playas del Cantábrico... Llanuras desoladas, calles desiertas, jardines con cipreses fúnebres, perros hambrientos y vagabundos, señoritas lugareñas que pasean su incurable tristeza romántica por los andenes de las estaciones; viejos, muy viejos, con un pie en el sepulcro; viejecitas arrugadas que sólo piensan en la muerte y suspiran desde el amanecer hasta la noche: Señores; negras siluetas de clérigos y beatas... No busca juegos de niños, ni amores de mozos, ni canciones, ni risas, en lo que él pinta no hay fiesta de Patrono, ni romerías, ni pólvora, música, ni bailes... Y es que el discípulo de Montaigne descubre aquellas cosas en que se refleja el pesimismo teísta que él mismo va irradiando. Ponedlo en un caserón destartalado y ruinoso, en una fonda sórdida, en un casino de pueblo, y veréis qué pronto se identifica con la realidad que a la fuerza traslada a sus páginas la emoción del ambiente.

He dicho la emoción del ambiente y no la del paisaje, en un modo con el cual, en dos trazos y cuatro manos, sale tan ricamente del paso. «Y la llanura desolada, yerma, sombría, se aleja, se aleja hasta ser una pincelada imperceptible, de las montañas zarcas... (La voluntad, p. 128.)

«Adentro, en la inmensa profundidad del horizonte, la leve pincelada de la cordillera de Salinas azulea por encima de otra pincelada blanca de la niebla». (idem, p. 137.)

«Madrid se pierde, en lontananza, en una inmensa niebla gris, salteada por las manchas blancas de las fachadas, erizada de cúpulas cenicientas, de chimeneas, rasgada por la larga pincelada negra del Retiro. (idem, p. 150.)

Y aparece la Ribera de Curtidores. Entre las líneas blancas de toldos resalta una oleada negra de cabezas. Al final, en lo alto, un conjunto de tejados rojizos, una chimenea que lanza humo, la llanura gris a trechos verde que se extiende limitada por una larga y tenue pincelada azul...» (idem,180.)

«En lo hondo, sobre la pincelada verde del ramaje resalta la pincelada azul de las montañas...» (Antonio «Azorín», p. 16.)

«A lo lejos resalta el pueblo con sus techumbres negras y las manchas blancas de las fachadas... Una larga pincelada azul de montañas, sobre otra larga pincelada negra de los olivos, limita el horizonte». (idem, p.221).

«ya fuera del pueblo, la llanura ancha, la llanura inmensa, la llanura desesperante se ha extendido ante nuestra vista. En el fondo allá en la línea remota del horizonte aparece una pincelada larga azul».
(La ruta de don Quijote, p. 84.)

Para que vea el lector que no hemos hablado de escenografía a humo de pajas, ahí van algunos telones de muestra:

«detrás, casi imperceptible, el telón senil-azul, semi-blanco, del Derrama nevado». (La voluntad, p. 150.)

«solapadas entre los olmos asoman las casas de la Umbría;.un telón zarco
cierra el horizonte. (Antonio «Azorín», p. 8.)

Ya la llanura va limitándose; el lejano telón azul, grisáceo, violeta de la montaña está más cerca... etc. (La ruta de don… p. 107.)

A las veces se acuerda «Azorín» de que, como decía el Yuste, da la casualidad de que casi siempre que canta un gallo, repiquetean los martillos de una fragua cercana:

«Se oye en el silencio profundo el mido de las herrerías y el canto de algún gallo». (España, p. 138.)

«En la soledad de la calle resonaba el martilleo sonoro. Un gallo cantaba a lo lejos». (Lecturas españolas, p. 40.)

«Llega en el silencio de la mañana en la paz azul de mediodía el cacareo metálico largo de un gallo, el golpear sobre el yunque de una herrería.» (Castilla, p. 84.)

No es que «Azorín» no tenga dotes de observador, que sí las tiene, y muy sobresalientes, como veremos luego. Pero el segundo momento del proceso descriptivo, que he llamado el de selección, es aquel en que el artista, después de observarlo todo y de impregnarse del ambiente, escoge aquel que nos da detalles sugestivos, suscitadores de todo un estado de conciencia, que dan, ellos solos, la sensación total, y que «sólo se hallan instintivamente, por instinto artístico, y no con el trabajo, ni con la lectura de los maestros». La carencia de este instinto, o la falta de la resolución indispensable para prescindir de mil detalles vistos y anotados, y para condensar, en una frase párrafos y aun páginas enteras, es un escollo para muchos escritores y especialmente para los observadores privilegiados como «Azorín», que, con frecuencia caen, por esta causa, en la demasía.

Todo el capítulo II de Antonio «Azorín» está consagrado a la descripción exterior e interior de una casa ; no faltan toques de observación bien enfocados, ni aciertos de expresión, pero todo esto se anega en la descripción:

«La casa se levanta en lo hondo del collado, sobre una ancha calle. Tiene la casa cuatro cuerpos en pintorescos altibajos, el primero es de un solo piso terrero; el segundo de tres, el tercero de dos; el cuarto de otros dos. (Sigue la descripción de los cuerpos.)

«Enfrente de la casa, formando plazoleta, hay tina cochera y ermita. (1) La voluntad, p. 79.

La ermita es pequeña; es de orden clásico. Tiene cuatro altares reales con lienzos; tiene uno central con cuatro columnas jónicas, tiene una imagen; tiene ramos enhiestos; tiene velas blancas; cubrevelas verdes...»

Así durante cuatro páginas, hasta que llegamos al interior, el estudio, donde el procedimiento se agrava. Ya no se trata solamente de las habitaciones y de los muebles y demás enseres, sino de los libros, uno por uno.

«La mesa es ancha y fuerte; tiene un pupitre; sobre el pupitre un tintero cuadrado de, cristal y tres plumas. Reposan en la mesa una gran botella de tinta; un enorme fajo de inmensas cuartillas; un diccionario general de la lengua, otro latino, otro de términos de arte, otro de agricultura, otro geográfico. Hay también un vocabulario de filosofía y otro, de economía política. La mesa es de nogal. Los pies delanteros son ligeras columnillas con capiteles clásicos. Sobre esta mesa yacen libros, grandes libros pequeños, un cuaderno de dibujos de Cavarnl, cartapacios repletos de papeles, números de la Revue Síanche y de la Revue Philosophique, fascículos de un censo electoral, mapas locales y generales. El cajón está repleto de fotografías de monumentos y paisajes españoles; fotografías de cuadros del Museo del Prado, fotografías de periodistas y actores, fotografías pequeñas hechas por Laurent, de tas notabilidades de 1860, daguerreotipos, en sus estuches lindos, de interesantes mujeres de 1850.»

Hago gracia al lector del resto del capítulo. Después de dar hasta el contenido de los cajones, pasamos a la primera pared, a la segunda pared, a la tercera pared, a la cuarta pared, y vamos viendo durante cuatro páginas cada uno de los cuadros y litografías que hay colgadas; qué representan, como son los marcos, qué títulos llevan las vistas fotográficas, cómo son los edificios que aparecen en estas vistas, uno por uno, con sus tejados, sus cúpulas, sus chimeneas...

¿Cómo es posible que un artista tan fino y discreto se haya ofuscado de este modo en esa absurda fórmula literaria? Eso que Zola tiene páginas enteras que son catálogos de huesos, o de legumbres, o de variedades de rosales; pero ni procedimiento como tal es digno de imitación, ni abundan imaginaciones donde para cada objeto surge un raudal de bellísimas y poéticas imágenes.

Por fortuna, «Azorín» supo escapar a tiempo de este peligro que, literariamente, pudo haberle costado la vida. Al paso que adelanta en su jornada, se va acercando al ideal de sobriedad, que es el más adecuado a su temperamento. En Antonio «Azorín» hay un trozo admirable, de intensa fuerza evocadora. El protagonista ha recibido una carta firmada de su infortunado tío Pascual Verdú, y este nombre ha traído a su memoria una escena de su infancia.

«en una sala ancha, un poco oscura, empapelada de papeles a grandes flores rojas, con una sillería verde, con consola sobre la que hay dos hermosos ramos bajo fanales... La sala está húmeda. «Azorín» cree percibir aún la sensación de humedad. En el sofá está sentada una señora que se abanica lentamente, en uno de los sillones laterales está un señor vestido con un traje blanquecino, con un cuello a listitas azules, con un sombrero de jipijapa que tiene una estrecha cinta, negra. Este señor —recuerda Azorín— se yergue, entorna los ojos, extiende los brazos y comienza a declamar unos versos con una modulación rítmica, con inflexiones dulces, que ondulan en arpegios extraños, mezcla de imprecación y de plegaria. Después saca un fino pañuelo de batista, se limpia la frente y sonríe, mientras mi madre mueve suavemente, la cabeza y dice: ¡Qué hermoso, Pascual! ¡Qué hermoso!

Se hace un ligero silencio, durante el cual se oye el ruido del abanico al chocar contra el imperdible del pecho. Y de pronto suena otra vez la voz de este señor del traje claro. Ya no es dulce voz ni los gestos son blandos; ahora la palabra parece un rumor lejano que crece, se ensancha, estalla en una explosión formidable. Y yo veo a este señor de pie con los ojos alzados, con los brazos extendidos, con la cabeza enhiesta. En este momento el sombrero de jipijapa rueda por el suelo; yo me acerco a pasitos, lo cojo y se lo tengo con las dos manos, en tanto que oigo los versos con la boca abierta. (Antonio «Azorín», p. 90.)

No hay un pormenor inútil. Ese «ruido del abanico al chocar contra el imperdible del pecho» caracteriza el breve silencio de la estancia mejor que todas esas alambicadas metafísicas de que el silencio se ha espesado o se ha solidificado. Y obsérvese, de paso, cómo en este pasaje, escrito más de diez años atrás, cuando nuestro autor estaba en el período de los artificios y tranquillos que hemos señalado anteriormente, no hay huella alguna de ellos; lo cual me convence una vez más en que tales artificios son enteramente ajenos al estilo y quedan olvidados tan pronto como el escritor se dedica sinceramente a producir la obra de arte. Algunas, páginas más allá, en el mismo libro de que estamos hablando, vuelve a recaer «Azorín» en la descripción distanciada. Véase un pormenor.

«Lentamente va, virando (un vapor) y enfila la boca del Puerto una larga espuma blanca; en la popa resaltan unas grandes letras doradas: O. JI.R. Broherg Ciobenhun. (p. 151.)

Puesto a anotar letra por letra, el autor debió ser más minucioso. Yo no he visto ese vaporcito; pero, por la bandera que llevaba (una bandera roja partida por una cruz) y por las letras copiadas, reconstituye con toda certeza la palabra Kiobenhavn que es el nombre danés de Copenhague.

¿Qué más nos da que dijese eso u otro? Me explico, este error prueba su falta de fantasía. Tengo el convencimiento de que el escritor privado de imaginación creadora, es incapaz de inventar personajes, escenas o tramas novelescas. El único personaje que ha quedado de todos los libros de «Azorín» es «Azorín». En cuanto a escenas imaginarias, no sólo no las busca, sino que las rehúye cuidadosamente, para no verse en el trance de escribir lo que no ha visto con los ojos de la cara.

La voluntad (novela) tiene por fondo sentimental los amores de Justina y «Azorín». Un tío de aquélla, clérigo iluminado y fanático, la va apartando poco a poco del mundo. Por fin, Justina va a entrar en un convento y «Azorín» le habla, por primera vez, en una tarde de Jueves Santo, mientras van recorriendo las estaciones. El lector se queda con la gana de conocer una sola de las palabras que se han cruzado entre los dos muchachos. Dos veces abre la boca Justina en toda la novela, para comentar, como un libro de misa, las parábolas que el ministro de Dios, enardecido, va presentando ante sus ojos.

«El cuidado del día de mañana nos hace taciturnos» dice primero. «La vida es un valle de lágrimas», añade al poco. Justina entra en el convento.¿Qué pasa entonces en el alma, de «Azorín»? ¿Qué piensa? El autor nos obsequia con todo el ritual de la toma de hábito, en latín... Muere Justina; «Azorín» no tiene para ella un solo pensamiento...

Yuste, «el amado maestro», ha muerto también. «Azorín» acompaña al cadáver y describe la marcha del cortejo, las salmodias de los clérigos, el clamor de las campanas, el «moscardoneo de los pies rastreantes», las notas del fagot... Ya llegan al cementerio y dejan el féretro sobre el ara desnuda de la capilla. Los acompañantes se retiran; «Azorín» contempla aquel ataúd que se queda solo... El lector, que ya conoce los pujos filosóficos del personaje y su afición a los «minuciosos autoanálisis», se prepara a leer algo interesante y profundo; pero «Azorín» prefiere darse una vueltecita por el camposanto y examinar el recinto, los nichos, los más nimios pormenores de una fotografía desteñida... Mas he aquí que el autor, que no sabe poner en el alma de los personajes sino sus propios sentimientos, y que no acierta a hacerles decir sino las frases que él mismo ha dicho o escuchado, tropieza en el propio cementerio a los pocos pasos con una escena real, y entonces el vigor descriptivo de su pluma iguala al de los grandes maestros del género. Vea el lector la página siguiente y diga si es posible superarla en realismo, en sobriedad y en rapidez.

«...Al final de una calle de nichos, un hombre vestido con chaquetón pardo, da, arrodillado, fuertes piquetazos en el talud, una terrera tumba. Todos los que han traído la transparente caja de la «mocica» se agrupan en su tomo. Al lado de «Azorín», en los brazos de una campesina un niño ronca sonoramente.
A cada embate de la piqueta el humano cerco se condensa. El negro agujero se va ensanchando. La débil paredilla cede por fin y la siniestra oquedad queda completamente al descubierto. Todos miran ávidamente; los rostros se inclinan ansiosos; un niño se acerca gateando; una vieja encorvada explica quién fuera allí enterrado años atrás. El sepulturero mete el busto en el nicho y forcejea.
Un labriego exclama festivamente: «¡Arrempujarlo pa que se quede dentro!» Y todos ríen.
El sepulturero forcejea. La caja, pegada a tierra con la humedad, se resiste.
La mujer del sepulturero trae un capazo. Y entonces el hombre rompe las podridas tablas y va sacando puñados de tierra negruzca, trapos, huesos amarillentos.
Entre la concurrencia, una fornida moza observa: «¡Repara cómo la coge!»EI sepulturero levanta la cara estúpidamente inexpresiva, tiende un momento su mirada lúbrica por el rostro colorado de la moza, por sus abombados pechos, por sus anchas caderas incitantes, y exclama tras simular un ligero ronquido:
«¡Así te cogeré yo cuando te avíe!»
Después, inclinándose de nuevo, saca del nicho una pala y la sacude en la pared con grandes golpes. La tierra salta, los Circunstantes retroceden, se alejan, destilan indolentes.» (Voluntad, p. 129.)

Todos estos seres viven, se mueven, hablan, y no dicen sutilezas metafísicas ni frases ingeniosas, sino lo que realmente dijeron o debieron decir en el instante en que los hallamos. Yo juraría sin admirar por esto menos la página copiada, que «Azorín» no ha inventado esta escena. Es más: aunque el pronóstico es prematuro, y por tanto, muy arriesgado, casi me atrevería a afirmar desde ahora que nuestro autor no llegaría a triunfar en el cuento ni en la novela, ni en el teatro, ni en ningún otro género principalmente imaginativo. La voluntad, Antonio «Azorín» y las Confesiones son los retazos de esa novela autobiográfica que todo hombre puede componer con los datos de su experiencia personal.

Y aquí dejamos el tema, por ahora.
Hemos querido, en este capítulo, que el lector analice, directamente, ciertas dotes artísticas de «Azorín», contrastándolas mediante «la piedra de toque del talento»; en los capítulos siguientes estudiaremos otros aspectos de su personalidad literaria no menos interesantes.

CASARES, Julio: Crítica profano. Madrid, Espasa-Calpe, 1964, pp. 121- 129.

Hablando de buenas descripciones...


«De los diversos colores de las caras y cuerpos de los cerreños», por Manuel Scorza

Seis minutos antes del mediodía del 14 de marzo de 1903 cambió, por primera vez, el color de las caras de los cerreños. Hasta entonces los felices habitantes de la lluviosa Cerro de Pasco ostentaban rostros cobrizos. Ese mediodía sus rostros cambiaron: un hombre emergió de una cantina donde bebía agua ardiente de culebra con la cara y el cuerpo azules; al día siguiente, otro varón que se emborrachaba en la misma cantina lució el verde; tres días después, un hombre de rostros y manos anaranjados se paseó por la plaza Carrión. Faltaban pocos días para el carnaval y se creyó que eran candidatos a ocupar plazas de diablos-supay, pero los carnavales pasaron y la gente siguió mudando de color.

Cerro de Pasco es la ciudad más alta del mundo; sus callejuelas se retuercen a mayor altura que los montes más elevados de Europa. Es una ciudad donde llueve doscientos días al año. El día se entreabre sobre una velada. Cerro de Pasco se acurruca al final de la pampa de Junín. Para los mismos chóferes embufandados hasta los ojos, la pampa es un mal paso. Todos los camioneros pegan en su parabrisas estampas de la Beatita de Humay: le encomiendan sus motores. ¡No vaya a ser que les falle en esta estepa perpetuamente pulida por las heladas; en esta pampa donde el soroche, el mal de altura, fulmina a tantos costeños! Los viajeros que conocen esa desolación vigilada por el ojo celoso del lago Junín se santiguan apenas desembocan de los rocosos desfiladeros de La Oroya. ¡Virgen María, Protectora de los caminantes, ampáranos! ¡Santa Tecla, Protectora de los peregrinos, ruega por nos!, rezan, verdes por la falta de oxígeno, apretando los limones inútiles contra la anoxia. Ni los collares de limón ni las oraciones sirven en estepa sin árboles. Porque los que no viajan a Huánuco no conocen árboles ni flores; nunca los han visto; aquí no crecen. Solo pasto enano desafía la cólera de los vientos. Sin ese pasto, sin el ichu, nadie viviría. El pajón es el alimento de los rebaños de carneros, única riqueza. Millares de ovejas ramonean en la pampa hasta las tres de la tarde. A las cuatro, cae la guillotina de la oscuridad. El atardecer no es el fin del día sino el acabamiento del mundo.
¿Qué trajo a los hombres a esta capitanía del infierno? El mineral. Hace 400 que Cerro de Pasco esconde el más fabuloso yacimiento del Perú. Ahí, en una pelada colina, casi rozando los testículos del cielo, se alinean maltrechas tumbas de los cateadores: vinieron por fortuna y dejaron huesos 300 años después de los empecinados gallegos, los duros alemanes, los desconfiados franceses, los rígidos servios, los peligrosos griegos; todos duermen en sus tumbas maldiciendo la nevisca.
Hacia 1900 las vetas se agotaron. Cerro de Pasco, tan orgullosa de sus doce viceconsulados, falleció. Mineros, comerciantes, restaurantes y putas la abandonaron. Cerro, pues, se despobló. El vago censo departamental de 1895 enumera 3222 casas. En los cinco años siguientes, el viento arrastró 2832 casas. Poco a poco, Cerro volvió al páramo. En 1900 ya sólo quedaban unas cuantas casas, acurrucadas alrededor de plaza Carrión, cuando una víspera de Semana Santa llegó un gigante rubio de alegres ojos azules, de llameante barba roja, estupenda para comilonas y borracheras. Era un Ingeniero, un formidable fornicador que desde el comienzo se mezcló y simpatizó con la gente. Al principio la gente desconfió del norteamericano, pero vieron que más que de los teodolitos, el barbirrojo se preocupaba de buscar las galerías de las cholitas, y le cobraron confianza. El gringo anduvo unos meses recogiendo muestras y mejorando la raza. La gente se le encariñó. Infortunadamente, el pelirrojo enloqueció.
Una tarde, entró al "Valiente Huandoy", una cantinita de mala muerte donde sobrevivía un cajón de whisky de los buenos tiempos. Se bebió una botella, luego dos, luego tres. Al atardecer salió a la calle a repartir el whisky. A las siete lo visitaron los diablos azules. Quizás se excedió en las copas; quizás lo afecto finalmente la altura: comenzó a reírse como embrujado. La gente siguió bebiendo —se emborrachaba a costillas del cómico—, pero poco a poco, a medida que la risa se convertía en una catarata de carcajadas, en un espumoso mar de risas, en una marejada de burla, se asustaron y salieron. No había por qué. Una hora después, el de la inolvidable barba crepuscular se secó las lágrimas, depositó un montoncito de libras de oro y salió del "Valiente de Huandoy". No volvió jamás.
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